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24 horas sin parar

Mensaje por Talisman el Lun Jun 24, 2013 12:40 am

Ocho de la noche de un lunes agitado. Suena el teléfono inesperadamente. En la pantalla se lee: A las 22 hay un trasplante hepático. Una hora más tarde, en Parque Patricios, se abren frente a los ojos perplejos de un equipo periodístico las puertas de un desolado quirófano en el segundo piso del Hospital Británico. El equipo médico tampoco esperaba la llamada, pero son las 22 y en la camilla está Alberto Rocca, un señor de 71 años, con el hígado enfermo y la repentina posibilidad de recibir uno casi nuevo. Los trasplantes son así, imprevistos.




Por Gaba Najmanovich  | Para LA NACION


La sorpresa de una doble jornada no parece molestar a nadie. En silencio y ordenadamente cada uno hace su tarea, no hay tiempo que perder. Mientras el anestesiólogo le coloca un sinfín de vías al trasplantado, las instrumentadoras organizan sus mesas de trabajo. Las decenas de pinzas y bisturíes de a ratos se ven tapadas por una montaña de gasas, todo dispuesto sobre un manto estéril azul a la espera del cirujano. Poco a poco, todo empieza a tomar forma.
El señor Rocca sigue despierto. Los profesionales mueven su cuerpo a su gusto y necesidad. "Cuando se despierte va a estar operado", dice a modo de despedida el anestesiólogo, y le coloca una mascarilla. Con el paciente dormido e intubado, el panorama cambia. Empiezan a llegar los cirujanos y su cuerpo se transforma en un área de trabajo: primero le tapan los ojos, luego los brazos, las piernas, la pelvis, el pecho y, tras un baño de iodo, un film transparente le cubre el estómago.

Con el espacio y el instrumental listos, llega Diego Bogetti, cirujano a cargo de la operación. Saluda con una sonrisa y, una vez que se cerciora de que todo está en orden, saca del estuche las gafas de aumento que usará en el procedimiento. Después de una breve comunicación telefónica con el equipo que traerá el nuevo hígado desde Belgrano, abre la puerta y vuelve a salir. A través de la ventana que da al pasillo se lo puede ver lavándose las manos y los brazos. Es la hora de operar.
Muchos ojos ven más que dos. Alejandra Fernández y Mónica Roux Vázquez, instrumentadoras del Banco de Huesos. Foto: Estrella Herrera
El cuerpo ya inconsciente de Rocca es observado de forma analítica por dos cirujanos, un residente y una instrumentadora. Piden luz. Cual escenario, al centro del quirófano lo iluminan dos enormes reflectores, la instrumentadora facilita el bisturí. Primera incisión. Son las 23.15 y la función ya comenzó.

Si la vida fuese como en las películas, en esta blanca sala estéril se respiraría un aire denso, infusionado con inmensas cuotas de tensión. Pero no. Aquí lo que más se percibe es la concentración. Ni corridas ni maldiciones; hay silencio y precisión. Con una dinámica constante y comunicación calma, los hechos se dan y la operación se aleja de la imagen ficticia que propone el televisor. No en vano este equipo hace 45 trasplantes hepáticos por año.
Pasaron diez minutos desde el primer corte. Las manos de la instrumentadora se mueven a una velocidad vertiginosa alcanzando pinzas y bisturíes, mientras carga agua en jeringas y supervisa el stock de materiales en su pequeña mesa. Se escuchan voces del otro lado de la puerta. Nadie más está operando, no hay opciones, los ambos que se acercan traen el otro hígado. Se abre la puerta y, sin más acompañamiento que el brazo que la empuja, entra una heladera azul.
Los ojos inexpertos esperan ansiosos un pico de velocidad, un poco de estrés y el comienzo de una inexplicable cuenta regresiva. En cambio, en este piso la calma sigue siendo protagonista de la escena. Ahora dos equipos trabajan a la vez: mientras unos cortan y separan un hígado cirrótico, los otros reconstruyen la arteria de un órgano impoluto, casi congelado. No pasará mucho tiempo para que los segundos terminen y su material de trabajo ya reconstruido vuelva a temperaturas bajo cero.
EL LUNES SE HACE MARTES, Y EN LA GUARDIA...

La hora de la verdad . El hígado recién llegado, listo para el trasplante. Foto: Estrella Herrera
Sumidos en una monotonía laboral ven pasar las horas, pero no las sienten. El lunes se hace martes y los cirujanos siguen zambullidos en un cuerpo dormido. Dos menos cuarto de la mañana y el cooler azul se vuelve a abrir. Esta vez no volverá a entrar al frío de los hielos: la salida es definitiva. En un abrir y cerrar de ojos el hígado enfermo entra en una caja roja, mientras las paredes frías de su sucesor tocan por primera vez el cuerpo cálido. Alberto Rocca tiene hígado nuevo. Y así todo vuelve a comenzar, todas las venas, las arterias, los vasos se reconectan con suma precisión. Todavía faltan tres horas y media para que la jornada vuelva a finalizar.

Al dejar atrás la sala de operaciones, el hospital empieza a sentirse inhóspito. El desértico hall de entrada está cerca. Del otro lado de la puerta del edificio central, la Sala de Emergencias y el imaginario de un mundo de gente y profesionales en acción vuelve a desvanecerse. Parece casi imposible que un paseo nocturno por este recinto sea tan monótono. No hay colas interminables de heridos y enfermos. Solamente dos personas, en silencio, aguardan atención en los sillones de la sala de espera. Definitivamente, la noche no es el momento de mayor actividad para este sector.
El ascensor está poco requerido. De a ratos sube y baja del quinto piso. Pero cinco plantas más arriba el mundo es color naranja, como los ambos y las cofias que circulan rápidamente entre sillas de ruedas con enormes panzas. Resulta que esta madrugada la sala de partos es el lugar más activo del edificio. Como si fueran guardianes con uniformes estériles, los futuros padres se paran frente a las puertas de las salas de partos ansiosos en el vaivén de una puerta que finalmente los invitará a pasar.
Pablo Manini es uno de los 110 hombres que mensualmente se convierte en papá. Parado cual esfinge sale al encuentro de su mujer ni bien lo autorizan a entrar a la sala de partos. Adentro, Paola Rossi estira la mano cuando lo ve llegar. Aunque ella ya se sienta lista para recibir a Sofía, su hija, le faltan una hora y varios pujos más para poder conocerla. Hasta que llegue el momento respirará y recibirá las palabras de aliento que todo el equipo médico le repite cada vez que le toca pujar.
Las palabras no son suficientes a la hora de describir un parto. Veinte minutos de dolor dan paso a una alegría inconmensurable. En ese instante, los interminables nueve meses de espera y las horas de internación se desvanecen. En esta sala en la que hace segundos había nueve personas, ahora hay diez, pero para Pablo y Paola son sólo ellos tres.
Feliz de la vida. Rosa del Carmen Díaz, paciente trasplantada, sonríe junto al Dr. Federico Villamil, jefe del Servicio de Trasplante Hepático. Foto: Estrella Herrera
Los Manini Rossi acaban de conocer a su hija y ahora lo único que les queda por hacer es descansar. Pero el hospital no duerme. Sin tiempo para sentarse, Romina Verdura, residente de Ginecología, recorre los pasillos con paso agitado. Mientras asiste a un parto, le suena el radio: una emergencia la hace bajar hasta la guardia y, a la vuelta, una parada obligada en la habitación de otra parturienta. Regresa a la sala. Los pujos acaban de comenzar.

Conforme salen los primeros rayos de sol se abren las rejas y con ritmo acelerado empieza el desfile. Las mochilas que descansan sobre coloridos ambos saludan a las batas que recorren el patio de entrada del hospital. Alumnos y profesores llenan aulas, pasillos y salas de médicos en el inicio de la jornada. Son las 8 y ahora sí el edificio todo enciende la máquina.
Los quirófanos del segundo piso abrieron sus puertas dos horas atrás (recién media hora después de que el señor Rocca hubiera pasado a Terapia Intensiva). Iluminados por el sol, cirujanos, anestesiólogos, instrumentadores y enfermeros parecen otros, en un escenario más alegre y vivaz. Sentados frente al mate y las facturas, los doctores y residentes se mezclan en conversaciones que son la antesala al próximo turno de quirófano.
A media mañana, los consultorios externos enfrentan salas de espera atestadas de pacientes. Ahora sí, la Sala de Emergencias rebalsa de gente. Constantemente llega gente: si por la noche las puertas se abren alrededor de cien veces, desde que sale el sol la cantidad de pacientes se triplica. Así es que las camillas llegan a poblar el amplio pasillo central obligando a los profesionales a esquivarlas.
En el consultorio uno: cadera luxada. En el dos: infección odontológica. Consultorio tres: intoxicación por alcohol. Un cuadro coronario en el cuatro. La sala de espera tiene fiebres y algunas caras largas, niños, hombres y mujeres de todas las edades. Este es el filtro de todo el hospital, donde se decide quién vuelve a casa y quién se queda. Aquí reside la importancia de este servicio.
Del otro lado del patio está nuevamente el edificio principal del Británico. Allí, los pasillos de las salas de internación se convierten en desfiladeros de carritos. El tintineo de las bandejas de los desayunos y el perfume a café y pan recién horneado revelan que los pacientes ya están despiertos, y que en la cocina la jornada empezó hace rato. Las puertas se abren y los médicos comienzan sus visitas diarias.
Para muchos, el mediodía es un momento decisivo: después de una mañana cargada de análisis y estudios, los resultados tocan la puerta. Estos papeles ininteligibles para algunos son los que decretarán si el paciente será dado de alta. Germán Urtasún es uno de los afortunados que tras una semana de internación podrá volver a su casa junto a su familia. Y con hígado nuevo. Fueron dos años los que tuvo que esperar hasta recibir el trasplante. Hoy, entre contento y sorprendido, dice no haber caído en que ese órgano en algún momento no fue suyo. Con su mujer y su hijo, este señor de 70 años se reencuentra con el equipo que lo operó. En el sillón de su habitación hace gala de su buen ánimo, mientras su esposa comenta que es la segunda vez que lo viene a ver al hospital, que antes la situación la angustiaba, pero hoy quiere hacerle varias preguntas al doctor. Ella se ocupará de cuidarlo cuando vuelvan al hogar.
Con los últimos vestigios de luz natural, el segundo piso comienza a poblarse. Estas últimas horas de la tarde son de las visitas en Terapia Intensiva y Unidad Coronaria. Los respiradores pierden protagonismo gracias al suave murmullo de familiares y amigos, las palabras y los gestos de cariño.
Mientras el cielo se tiñe de negro, vuelve el ruido de vajillas. Los visitantes se marchan y los médicos dan inicio a una nueva guardia. Frente a la cena servida, los pacientes esperan que el próximo sea el último día. Veinticuatro horas después del principio vuelve a reinar el silencio.
CASA DE MÉDICOS, COSA DE MÉDICOS
Las guardias son tan largas como impredecibles, por esto a unos metros de la entrada del Hospital Británico se encuentra la Casa de Médicos. A menos de treinta escalones del piso se ven las cortinas de esta morada temporaria. La luz, prendida a toda hora, indica que, a pesar de ser las 3, acá hay actividad. Para acceder hay que digitar un código (porque sólo los médicos pueden pisar estas habitaciones) y se abre la puerta de esta vivienda circunstancial. Sentada entre papeles y lapicera en mano, una residente mira asombrada la visita de los intrusos sin ambo. Si bien nadie vive aquí a diario, todos tienen un armario y una cama para las noches menos movidas. Cocina, vestuarios y living hacen que las largas horas de trabajo en alerta sean más cortas y livianas.
Pocas instituciones tienen una casa separada del edificio central para que los profesionales puedan descansar. Magdalena Houssay, residente de segundo año de Pediatría, comenta que es gracias a las enfermeras que tiene la oportunidad de cruzar el patio de entrada y subir a su segundo hogar, "Tienen la pauta de alarma exacta, saben cuándo llamarnos", explica mientras mira su radio.
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